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BTS en Bogopshida: Nos encontramos sin habernos buscado.

ProtON Magazin 5 octubre, 2026
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Por: Nana López

Este texto va dedicado a aquellas personas que me han acompañado en este viaje, «el mapa que se traza, entre quienes se encuentran sin haberse buscado».

Hay una sensación que no tiene nombre exacto, esa que surge cuando algo que llevabas tanto tiempo esperando (algo que en tu cabeza catalogabas como irreal), de repente empieza a ser inminente. No lo llamaría euforia (aunque la euforia esté ahí); se parece más al descubrimiento, el saber que un momento que construiste en la imaginación durante meses está a punto de volverse real.

Perdí la cuenta de cuántas veces probé qué ropa llevar, me pregunté si sabía lo suficientemente bien la discografía para no quedarme muda y, sobre todo, si iba a poder sostener ese momento sin desmoronarme. Lo cual, en el buen sentido, fue imposible.

También perdí la cuenta de cuántas readaptaciones tuvo mi freebie: mutó de fanzine a photocard, de photocard a fanzine digital, hasta convertirse en un regalo colectivo inspirado en Come Over y Heartbeat, que terminamos repartiendo con mis amigas en el puente de la estación del Campín, entre personas que no conocíamos, en un idioma que compartimos sin haberlo aprendido juntas. Mirándolo en retrospectiva, fue una de las primeras señales de lo que iba a pasar.

Y no, esto no habla solamente del 3 de octubre. En realidad, el concierto empezó mucho antes de esa fecha. Empezó con un brunch con ARMYs de muchos lugares, con personas que no conocía y con quienes compartí una tarde increíble en medio de flores, fangirleo y el estar rodeada de gente a la que a duras penas conocía por medio de un @ de Instagram.

Empezó cuando la ciudad se tiñó de morado, cuando las marcas se sumaron a la dinámica y Bogotá se convirtió en Boragotá (de borahae, el «I purple you» del fandom). Cuando BTS fue declarado huésped de honor por la Alcaldía de Bogotá, cuando se abrió la pop-up y cuando me compré merch ARMY, una frase que hace algunos años no me hubiera imaginado escribir y que ahora tiene todo el sentido del mundo.

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También empezó con cada conversación, cada publicación de las fanbases con los fan projects, con cada meme y video de la gira en otros países, cada teoría y cada vez que le mentamos la madre al DJ por colocar alguna de nuestras canciones favoritas en otro país antes de que llegaran a Colombia.

Como fans ya no solo presenciamos: también co creamos y construimos rituales, códigos, lenguajes, objetos y hasta formas de habitar un evento antes de que suceda. El espectáculo no comienza cuando se encienden las luces ni cuando sale el primer hooligan con la bengala; empieza con todo lo que hacemos antes para llegar hasta ahí y se extiende en todo lo que construimos alrededor de ese momento. 

Y en medio de todo eso, yo estaba entre el delirio y la nostalgia, escuchando Arirang, recorriendo toda la discografía, imaginándome cómo sería escucharlos en vivo y preguntándome qué iba a pasar cuando finalmente los tuviera frente a mí. 

Cada vez que salía un video de los conciertos en otros países me agarraba el sentimentalismo. Me veía llorando en alguna canción, gritando hasta quedarme sin voz e intentando recordar cada segundo. Sin embargo, esto también tenía algo paradójico: quería estar absolutamente presente en el momento que tanto había esperado y, al mismo tiempo, tenía miedo de que la intensidad de vivirlo me impidiera recordarlo. Básicamente, NO QUERÍA OLVIDAR.

Llevo muchos años siguiendo a BTS y nunca los había visto en vivo. Todo lo que conocía de ellos había llegado a través de una pantalla: los conciertos transmitidos, los documentales, los lives de madrugada, las canciones en audífonos durante la cotidianidad, en esas veces en que no sabía qué otra cosa hacer con lo que sentía. Han sido presencia y distancia constantes, algo que sé que existe y que vivo casi como una religión, pero que durante mucho tiempo consideré intangible, hasta que se hizo real.

La ansiedad se intensificó cuando empezaron los primeros rumores de que estaban llegando a Colombia. Aunque, por supuesto, como la Barbie, aprovecharon para hacer 57 millones de cosas antes de venir. Y ni hablemos de la subtrama de las pantallas laterales del Campín, las discusiones sobre logística, las fanbases intentando proteger la privacidad de los artistas y esa sensación colectiva de querer estar pendientes de cualquier cosa que pudiera pasar en torno al concierto. 

No pude aguantar las ganas de ver la transmisión por TikTok del primer show, el 2 de octubre. Había planeado ir a la sección A (afuera del estadio) para vivir la experiencia, pero la logística del evento estuvo tan pesada que terminé desistiendo a las cuatro de la tarde. Ahí Colombia hizo lo que sabe hacer: nos ganamos la fama de grabar y transmitir el concierto desde una calculadora (a 144p, porque aparentemente la señal dentro del Campín también tiene límites presupuestales), pero también demostramos ser uno de los públicos más potentes del tour.

la mística de que este video parezca grabado con una calculadora pero sea el mejor del tour hasta ahora porque de este lado del charco no tendremos el último iphone pero no sabes cómo nos corre SANGRE por las venas pic.twitter.com/IqOpksdrS5

— male 24/10 (@seokooss) October 3, 2026

Había algo conmovedor en ver cómo una experiencia que oficialmente ocurría dentro de un estadio empezaba a desbordarse por toda la ciudad y por todas las pantallas y redes posibles, sin contar la cantidad de gente que fue por FOMO y terminó volviéndose fan. 

El 3 de octubre, me tocó estar ahí, y no sé si existe una mejor manera de contar lo que ocurrió sin decir que me desviví, me rompí la voz, grité, lloré, salté y durante aproximadamente tres horas entré en un trance que todavía no sé describir.

He estado en muchos conciertos, incluso fuera de Colombia, y sé reconocer la emoción de ver a un artista que admiro mucho y que soñaba con ver en vivo. Pero en esta ocasión la sensación es algo que todavía no termino de procesar: estuve en el mismo espacio físico, el aire fue el mismo. Por primera vez, aquello que había existido principalmente a través de una pantalla estaba ahí, frente a mí. Y digo “principalmente” porque una pantalla nunca fue poca cosa.

Para alguien que ha seguido a muchos artistas que viven literalmente al otro lado del mundo, y que también tuvo que mediar vínculos propios a través de la virtualidad, la pantalla termina siendo un territorio intermedio. Ese lugar donde ocurre el encuentro cuando la distancia hace imposible cualquier otra cosa. 

Con el tiempo entendí que BTS no solo ha ocupado un lugar en mi vida como música o como entretenimiento. En algunos de mis momentos más difíciles, ser ARMY fue una forma de sostenerme. Decir que me acompañaron se queda corto; hubo momentos en los que, de alguna manera, me ayudaron a seguir. 

Por eso verlos en vivo no se sintió simplemente como pasar de lo virtual a lo presencial. Fue mucho más extraño y más íntimo: encontrarme cara a cara con algo que había sido profundamente real aunque no pudiera tocarlo. Suena gracioso y hasta absurdo descubrir que las personas que solo habían existido en dos dimensiones tienen cuerpo, tienen presencia, ocupan espacio y pueden hacer que decenas de miles de personas griten al mismo tiempo.

Durante años, BTS había sido una experiencia íntima: mis canciones, mis recuerdos, mis interpretaciones. Pero esa noche, aquello que había vivido tantas veces a solas lo estaba viviendo con miles. Una canción que escuchaba en audífonos sonaba a metros de distancia; una emoción que parecía solo mía estaba siendo gritada por todo el estadio.

El concierto no convirtió a desconocidos en comunidad, porque la comunidad ya existía; lo que hizo fue volverla físicamente visible. “Escuchar es una forma de participar. Estar ahí es otra. Y esa distinción todavía está por vivirse”, escribí en junio. Esa noche por fin se vivió y la sensación sigue viva.

Y entonces llegó el “DJ Spin That Shit”.

We Are Bulletproof Pt.2 apareció como una declaración directa a la memoria. Escucharla ahí, tantos años después, era una forma de recordar que la historia que estábamos celebrando había comenzado 13 años antes. 

Y luego Mikrokosmos. Ahí fue imposible no pensar en todo lo que había pasado en ese estadio: miles de personas que hasta hacía unas horas eran desconocidas entre sí, cantando juntas una canción que habla precisamente de eso, de pequeñas luces que existen dentro de algo mucho más grande. 

Esas dos canciones fueron la cereza del pastel: una me devolvía al principio y la otra me recordaba dónde estamos ahora. Y con ambas terminé haciendo las paces con el DJ.

Durante tres horas, una comunidad que había existido en pantallas, chats, canciones y pequeños rituales se hizo visible a una escala que nunca antes había experimentado. Llegamos miles desde lugares distintos, con historias, edades y vidas completamente diferentes, pero podíamos reconocernos en una canción, en un grito, en una luz, en un chiste interno.

Ese fue, quizá, uno de los instantes más espectaculares de la noche: entender que ya no era solamente yo, sino nosotros: después de tantos años de encontrarnos a través de la música y lo digital, por fin estábamos en el mismo lugar. Ese era el mapa que estábamos trazando desde el principio. 

Cuando terminó Into the Sun, se acabaron los fuegos artificiales, las luces se apagaron y el ruido desapareció. Lo que quedaba no era únicamente el espectáculo, sino la sensación de haber atravesado algo juntos. 

BTS en Bogotá – @bts_bighit en X

Sigo pensando que el concierto empezó mucho antes de entrar al estadio, y que me quedé en una especie de limbo donde el tiempo parecía detenerse. Bogotá ya no era Bogotá, y yo ya no era exactamente quien era antes, pero tampoco sabía todavía qué iba a ser después. A pesar de la ansiedad, todo valía la pena.

Mientras escribía esto, pensé en ser académica. Hablar de liminalidad, de Jung, de rituales colectivos, de construcción de identidad y probablemente citar como mínimo a cinco autores para explicar algo que, en realidad, ya había entendido. Pero después de vivirlo puedo nombrar tres cosas que marcaron un antes y un después para mí: 

La primera: ver a los chicos en vivo y en directo es una cosa de no creer; las fotos ni los videos les hacen justicia. NAMJOON TE AMO.

La segunda: ya no vivo en Bogotá, vivo en Bogopshida («te extraño» en coreano; todo gracias a Jimin) Y ahora contamos con la complicidad del chiste de Asarabia (¡Viva Colombia, Viva Falcao, eh eh eh!)

La tercera es Come Over: hay canciones que escuchas y hay canciones que te atraviesan, y esta tiene un peso simbólico para mí. Es una de esas canciones que ya existían dentro de mi propia historia antes de saber que algún día iba a escucharla en vivo, y una de las que inspiraron nuestro freebie. Escucharla ahí, rodeada de miles de personas, me llevó directamente a las lágrimas. 

No porque fuera solamente una canción más del concierto, sino porque de repente todo lo que había pasado antes parecía encontrarse en ese instante: los años, las pantallas, las canciones escuchadas a solas, los viajes, las personas que conocí gracias a BTS, las que estaban conmigo antes, las que llegaron después, las que compartieron conmigo esta espera y las que, sin siquiera conocerme, terminaron recibiendo un pequeño pedazo de ese viaje. 

Video vía @vjungist / X

Quizá por eso ahora tengo tusa, porque el concierto terminó. Bogotá volvió a ser Bogotá. El Campín dejó de ser ese lugar donde, por dos días, parecía que todo era posible. Y yo tuve que volver a mi vida después de haber comprobado que aquello que existió únicamente en una pantalla podía ocupar un espacio frente a mí.

Todavía no sé muy bien cómo se vuelve a la vida cotidiana después de algo que durante años parecía imposible. Lo que sí sé es que escribir esto es mi manera de cumplir lo único que quería: NO OLVIDAR.

Supongo que así funcionan los encuentros: suceden, nos transforman y después nos obligan a aprender a vivir con la distancia otra vez. No sabíamos exactamente hacia dónde íbamos; solo seguíamos las canciones y, de alguna manera, terminamos juntos en Bogotá, Boragotá, Bogopshida.

Nos encontramos sin habernos buscado… y ahora me toca seguir.


PD: Y como «ahora me toca seguir» no significa seguir sola, este camino tendrá un epílogo, escrito a dos voces, después de los próximos live viewing. Nos leemos ahí. 

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