Notas desde «Un Futuro Prometedor».
«Un Futuro Prometedor: modelos de gestión para la cooperación internacional de las artes y la gestión cultural» fue un microcurso realizado por el Instituto Distrital de las Artes (IDARTES), ROFE y Corporación Comunicar. Portada: @alexguerreroh_
POR LA CARTÓGRAFA DE FRECUENCIAS | NANA LÓPEZ
Esta es la primera vez que fogueamos la idea de negocio de Malvaloka Producciones, en un espacio que está por fuera de las cinco personas que lo conformamos, y de ese círculo cercano que vio cómo, casi sin darnos cuenta, terminamos dando a luz lo que queremos que sea nuestra vida.
Y eso me puso nerviosa. No porque no esté segura de que tenemos un proyecto redondo, sino porque el problema es otro: ¿cómo carajos hacerle ver a los demás que nuestras cabezas podrían ser la respuesta a sus necesidades, cuando habitamos un ecosistema que parece diseñado para convencernos de lo contrario?
Y nació otra pregunta todavía más compleja: ¿cómo hacemos para creernos nosotras mismas que esto puede darnos de comer de aquí en adelante, de una manera digna, sin tener que sacrificar el “ser” artistas por el “hacer” del arte?
Entrar a un proceso de formación como este me implicaba salir de la propia burbuja. Hasta ahora Malvaloka había sido, en buena medida, casi un acto de fe. Somos cinco personas creyendo que esto puede funcionar, poniendo tiempo, esfuerzo, ideas, trabajo y, en ocasiones, una cantidad un poquito delirante de optimismo sobre la mesa.
Pero entonces llegó una oportunidad para ponerle nombres a las cosas. Y en ese acto de nombrarlas me di cuenta de que quizás el problema no era que no supiéramos qué estábamos haciendo, sino que hay cosas que simplemente se salen de la visión propia.
01 / GESTIÓN CULTURAL E IMPACTO COMUNITARIO
Víctimas del privilegio.
Cómo ser artista terminó incluyendo 17 profesiones adicionales.
La primera gran cachetada llegó hablando de gestión cultural e impacto comunitario, y la conclusión fue básica: qué trabajo tan difícil, y a veces tan de mierda, es ser artista. Es una de las pocas profesiones en las que para intentar ser rentable, ser multitasking parece venir incluido en el contrato.
Artista-escritxr. Artista-diseñadxr. Artista-profesxr. Artista-productxr. Artista-vendedxr de cosas por Instagram. Artista-community manager. Artista-influencer. Artista-etcétera. Tiene tantas patas esta araña, que el artista tiene que terminar haciendo mil vainas antes de hacer arte.
Y aquí aparece una pregunta incómoda: ¿cuánto de esto nace de la curiosidad y cuánto de la necesidad? Porque sí, está buenísimo aprender marketing, finanzas, gestión de proyectos, redes sociales, ventas, diseño, producción. Incluso como persona que ama aprender cosas, termina siendo estimulante descubrir que una idea artística puede convertirse en un proyecto sostenible cuando se aprende a organizarla.
Pero no es lo mismo aprender a diversificar una práctica porque queremos hacerlo, que tener que diversificarse porque, si no, no comemos. Hay personas que se vuelven multifacéticas para poder pagarse unas vacaciones, y hay muchas otras que tienen que serlo porque no tienen una pensión digna, porque la seguridad social es una promesa incompleta, o porque ejercer su profesión artística no alcanza para sostener la vida. Ahí aparece el privilegio.
Para muchxs artistas, sobrevivir implica diversificar su práctica y su profesión. Pero ¿por qué asumimos que esa diversificación es una virtud, y no una manera elegante de decir «hazlo todo tú mismo»? Porque entonces el problema deja de ser solamente cuánto sabe un artista de su disciplina, y empieza a ser cuánto trabajo adicional puede absorber antes de que su propia práctica se vuelva imposible.
Esta exigencia terminó siendo el síntoma de una sociedad que todavía no termina de reconocer el arte como un sector productivo, pese a que somos millones quienes vivimos de él. Y ser artista también es una profesión que demanda academia, estudio, práctica, tiempo y especialización. Entonces ¿dónde queda el estado en esa ecuación?
El discurso dominante nos empuja a capacitarnos, multiplicar habilidades, construir una marca personal y competir por recursos escasos, cuando quizás la discusión también debería ser otra: cómo garantizar condiciones de vida dignas para un sector que, como cualquier otro, produce trabajo, conocimiento y valor.
La cuestión entonces no es cuánto más puede hacer un artista, sino cuánto debería tener que hacer para poder vivir de su profesión. Porque si la respuesta siempre es capacítate más, aprende otra cosa, consigue otra fuente de ingresos, hazte visible, gestiona tu propia obra, quizás el problema no está en lo poco que sabe hacer el artista, sino en un sistema que ha convertido la autogestión en la respuesta para casi todo.

02 / COMISARIADO Y MERCADO DEL ARTE.
El ABC del artista (?)
O cómo llegar hasta la mesa donde están repartiendo la torta.
Después apareció el mercado: una inmersión en la cantidad absurda de espacios, circuitos, agentes y posibilidades que existen alrededor de una obra, y ni hablemos de los precios para entrar en dichos espacios.
Hay artistas emergentes que nacen en ferias de barrio, en colectivos, en espacios autogestionados, en internet, en talleres improvisados, y que construyen una obra enorme con recursos mínimos. Sin la colaboración de ciertos agentes, difícilmente podrían imaginarse vendiéndose en determinados circuitos. Hay curadores que hacen un trabajo excepcional y terminan perdiendo frente a estructuras donde la galería, la institución o el intermediarix de turno concentra buena parte de las ganancias. Y en la escala más baja de la cadena alimenticia queda, muchas veces, quien creó la obra.
Salir de la burbuja propia no significa descubrir que el mundo del arte es enorme, sino que siempre hubo un mundo del arte que no conocíamos, y que entrar en él tiene sus propias reglas.

03 / INDUSTRIA CULTURAL- MODELOS DE NEGOCIO Y SOSTENIBILIDAD.
Qué bonito el mundo y qué cagada la vida.
Sobrevivir también es parte de la producción.
Quizás el momento más incómodo fue hablar de sostenibilidad, porque seamos honestxs: es un espectáculo habitar el mundo del arte. Qué bonito poder hablar de una obra, verla crecer, imaginar su circulación, pensar en el impacto que puede tener en una comunidad. Qué maravilloso cuando el Estado reconoce que el arte produce valor.
Pero que quede claro: eso no es un favor, es un deber. Garantizar condiciones dignas para el desarrollo del arte y de quienes lo producen no debería entenderse como una concesión generosa del Estado, sino como parte de su responsabilidad con un sector que produce trabajo, conocimiento, identidad y valor para la sociedad.
Y ahí aparece la contradicción: qué cagada cuando una convocatoria pública te paga cinco pesos, o ni te paga a tiempo. Qué sentimiento tan raro que un artista de renombre tenga que decir que, después de años de trayectoria, todavía no tiene una calidad de vida digna.
Porque entonces el tema deja de ser solamente si existen recursos para el arte, y pasa a ser qué condiciones estamos creando para que quienes hacen arte puedan vivir de él. Por eso hacen falta garantías, no gestos.
Y aquí aparece uno de esos cruces raros entre arte, estado y financiación: el dinero existe, pero acceder a él, administrarlo y esperar a que llegue también hace parte del trabajo artístico. Formular proyectos, cumplir requisitos, justificar presupuestos, producir con recursos limitados y, a veces, poner plata de tu bolsillo mientras llega un estímulo que… todavía no llega.
Entonces la duda regresa, todavía más incómoda: ¿sostenibilidad para quién? Hemos aprendido a celebrar que una obra exista, que circule, que gane una convocatoria, que llegue a un festival. Pero ¿qué pasa con la persona que hace posible todo eso? ¿Puede vivir dignamente? ¿Puede pagar una casa? ¿Puede tener tiempo para crear sin estar pensando simultáneamente en cómo pagar el siguiente mes?
A veces pareciera que al sistema le interesa muchísimo que el arte sobreviva, pero no necesariamente que sobrevivan dignamente quienes lo producen.

04 / DISEÑO Y PLANIFICACIÓN DE PROYECTOS CULTURALES.
La gestión de proyectos, es mi pastor.
Y el cronograma también.
Y, sin embargo, no todo fue una crisis existencial, porque luego de tantas cachetadas de realidad encontré nuestra brújula. Descubrir que podíamos poner hitos sobre el proceso creativo me produjo una satisfacción demasiado gratificante. Hay algo profundamente tranquilizador en poder mirar una idea que durante meses ha existido como una nube y decir: esto tiene un objetivo, esto tiene una ruta, esto necesita recursos, esto puede medirse, esto puede transformarse. Todo para darle espacio a la creación.
Quizás la gestión no tiene por qué ser la enemiga del arte, sino una forma de construir las condiciones para que la obra pueda existir. Aprender a gestionar un proyecto cultural no tiene que convertirlo en una empresa desalmada, ni traducir cada proceso creativo a una cifra.
Y ahí Malvaloka empezó a aparecer de otra manera: no solamente como una productora y como nuestro gran acto de fe, sino como la posibilidad tangible de que una investigación se convierta en obra, que una pregunta se convierta en proyecto, que pueda romper muros y provocar procesos de expansión, y la pieza clave es aprender a sostener todos esos procesos.

05 / FINANCIACIÓN Y MARKETING CULTURAL.
El valor de las cosas.
Porque una obra también necesita saber cómo pagar el arriendo.
Ver un caso práctico ya en pie fue, de alguna manera, nuestra confirmación: el camino, aunque complejo, no es el equivocado. Y sobre todo me permitió entender algo que hasta ahora había pensado de manera mucho más intuitiva: el camino del arte es mucho más satisfactorio cuando el valor de una obra logra perpetuarse de principio a fin.
Porque el artista hace cosas, sí. Pero un equipo puede hacer que un proyecto artístico llegue mucho más lejos, y ese equipo también termina alimentándose de la obra. La investigación nutre la creación, la documentación construye memoria, la comunicación amplía el alcance, la estrategia encuentra públicos, recursos y posibilidades de circulación. Y todo eso termina devolviéndose al proyecto para transformarlo nuevamente.
Quizás por eso, cuando trabajas desde lo transmedia, presentar una obra no significa terminarla, sino apenas expandir el estado: una idea produce una investigación, la investigación produce una obra, la obra produce conversaciones, y de esa primera gran idea empiezan a aparecer otras que ni siquiera estaban contempladas al principio. Un proyecto artístico, entonces, no necesariamente tiene una línea de llegada, sino un gran proceso con ciclos más pequeños adentro.
También entendí que financiar un proyecto no consiste únicamente en sentarse a esperar la convocatoria perfecta ni en buscar quién está ofreciendo dinero, sino en mirar quién está financiando proyectos similares a los nuestrxs, qué instituciones creen en determinadas prácticas y qué alianzas podrían tener sentido. En otras palabras: dejar de esperar que alguien encuentre nuestro proyecto y empezar a buscar dónde nuestro proyecto tiene sentido.

06 / PROYECTO INTERNACIONAL COLABORATIVO.
Arrierxs somos, y en el camino nos vemos.
Networking, pero con posibilidades reales de hacer cosas juntxs.
Y entonces le vienen a pedir a la menos extrovertida del grupo que se ponga a armar alianzas con la gente. No porque me sienta particularmente cómoda atacando al primer fulanitx que se sienta a mi lado para preguntarle por el clima, sino porque en realidad soy una interesada relacional. Y ojo, no lo digo desde una mala perspectiva: veo posibilidades en cada persona que conozco. Me interesa saber qué hace, qué sabe, qué está buscando y, sobre todo, qué podríamos construir juntxs.
Suena un poco instrumental, lo sé. Pero mi ventaja es que intento ser profundamente recíproca: si encuentro algo que puede servirme de alguien más, también quiero saber qué puedo devolverle. Mi moneda de cambio no es solamente lo que tengo para ofrecer, sino la posibilidad de que ese intercambio produzca algo que ningunx de los dos habría podido hacer por separado. Y quizás de eso se trata una alianza: no de coleccionar contactos en Instagram, sino encontrar puntos de intersección.
En el laboratorio terminé juntándome con espacios culturales, con laboratorios de teatro, con un artista plástico, unx performer, una actriz y una abogada. Tanta variedad de personajes sobre la mesa que, por un momento, la idea de hacer un proyecto internacional colaborativo dejó de parecer una estructura abstracta y empezó a tener cuerpos, personas, oficios y saberes concretos.
Y ahí entendí otra cosa que quizás también debería formar parte del ABC: no todo lo que necesitas para hacer una obra tienes que hacerlo tú. A veces la mejor herramienta para expandir una idea no es aprender una cosa más, sino encontrar a quien ya sabe hacerla.

07 / CORRIENTES INTERNACIONALES – POSIBILIDADES Y PROYECTOS AFINES
Leyendo Señales.
Porque hasta farmear aura dice algo.
¿Qué está cambiando en la cultura? Así abrió Ubay de ROFE la presentación. Y a veces unx no se hace esa pregunta, o al menos no de manera consciente. Porque sí, hablamos de la nostalgia del 2016, de therians, de farmear aura, de tendencias que aparecen y desaparecen en redes sociales a una velocidad absurda. Pero si unx mira un poco más allá del meme, entre esas tendencias también empiezan a aparecer modificaciones en los modelos de comportamiento, de consumo y de relación con los públicos.
El ecosistema cultural no está compuesto únicamente por la artista, su obra y sus cinco panas de la galería, sino que también están la sociedad, la tecnología, la economía, los cambios políticos, las plataformas y los hábitos de consumo: cosas que aparentemente suceden por fuera del arte, pero que terminan modificando profundamente la manera en que se produce, circula y se consume.
Y aquí me quedo con una idea clave: una tendencia no es una oportunidad, es una señal. El trabajo de quienes gestionamos cultura no debería ser perseguir cada tendencia como si fuera la próxima gallina de los huevos de oro, sino aprender a leer qué está diciendo: ¿qué comportamiento está cambiando?, ¿qué necesidad está emergiendo?, ¿qué está dejando de funcionar? Quizás ahí está una parte importante de la gestión cultural: aprender a interpretar las señales que ya están apareciendo.

08 / CLÍNICA DE PROY. – EXPANSIÓN Y CIRCULACIÓN INTERNACIONAL.
Nadie hace una obra solx.
Tomémonos un tinto, seamos amigxs.
¿Qué hace una productora musical, una diseñadora de vestuario, una diseñadora gráfica y una artista plástica en tres horas de charla? Pues, además de contar qué carajos hace cada una, terminamos armando un proyecto que probablemente nunca existirá exactamente como lo imaginamos. Y qué maravilla, porque todo empieza en la imaginación.
Compartir espacios con personas que hacen cosas completamente distintas obliga a sacar el pensamiento de la pantalla y ponerlo en circulación: preguntarle al otrx qué lo interpela, qué está buscando, qué ve que tú todavía no has visto. A veces una conversación de tres horas puede hacer más por una idea que otras veinte horas mirando referencias en google.
Aunque todavía no tengamos un proyecto «totalmente concreto» juntas, siento que salimos con algo quizás más importante que un proyecto terminado: una red de personas con las que podemos contar. No necesariamente para hacer una obra mañana, sino para, tal vez, resolver un problema dentro de seis meses, recomendar a alguien o compartir un contacto. Eso también es construir circulación: no solo la de una obra, sino la de los saberes, las oportunidades y las personas que hacen posible que una obra exista.

09 / MENTORÍAS.
Alguien que entienda el delirio.
Porque a veces no necesitas una respuesta correcta.
Tuvimos dos espacios una a una con Daniela de ROFE. Y aquí pasó algo que me parece bonito: Dani, empezó siendo nuestra mentora y terminó siendo, de alguna manera, nuestra amiga. No porque se haya borrado la distancia entre quien acompaña y quien aprende, sino porque su perspectiva y su conocimiento hicieron que muchas de nuestras dudas dejaran de parecer tan monstruosas.
Nos respondió preguntas, nos compartió materiales, nos ayudó a mirar el proyecto desde otros lugares y, sobre todo, escuchó nuestros delirios. Y eso último tiene un valor enorme, porque cuando una está construyendo algo desde cero, hay momentos en los que no necesita que alguien le diga exactamente qué hacer, sino poder decir en voz alta una idea que todavía suena medio absurda y que alguien del otro lado responda: «sí, entiendo por dónde vas».
También me dio la seguridad de molestarla cuando lo necesitáramos, y puede parecer un detalle menor, pero no lo es: la presencia también es una herramienta. En un momento en el que casi todo parece resolverse con un correo o una videollamada, saber que existe alguien a quien puedes acudir cuando el proyecto se vuelve a enredar tiene un valor enorme. Quizás una buena mentoría no es que te den todas las respuestas, sino dejarte mejor equipada para formular las siguientes preguntas.

10 / CIERRE.
En la variedad está el placer.
Una última vuelta por todo lo que apareció en el camino.
El evento final se llevó a cabo en Casa Quemada, otro de los participantes de la convocatoria que terminó convirtiéndose en el centro del cierre de este proceso.
Y qué manera tan bonita de terminar.
Había un poco de todo. Un tour por el taller y por su obra arquitectónica en la ciudad. Los Burundangos tocando cumbia. Proyecciones de cortometrajes de Chinasky Films y documentales de Espacio Taller y Galería de Ciudad Bolívar. Libros de la Bienal de Suba, de Lanzarote de ROFE y de graffiti de Ciento Ocho Taller. Vinilos de Banfora Records. Las obras de don Jairo y su Proyecto Animal. Las piezas cerámicas de Hecho. El trabajo del Museo Mater y su exploración del arte hecho con reciclaje. Y las propuestas escénicas: Los siete pecados capitales, de Leo Matiz; Surmarik, de Orkídea Cami; Ser-Vil, de Rebeca Rocha; el ballet de Liora Dance… Estoy segura de que se me están escapando cosas.
Esta no es una lista exhaustiva de los proyectos del curso, ni pretende serlo: el evento tampoco estaba pensado como una muestra de todo lo que se desarrolló durante el proceso.
Hay muchos de mis compis que estoy omitiendo y proyectos que merecen, por sí solos, una nota editorial. Pero quizás justamente ahí está la gracia: no hay una sola manera de hacer cultura, ni una sola disciplina, ni un solo territorio, ni un solo cuerpo. Ni una sola idea de lo que puede ser un proyecto artístico. Después de pasar semanas hablando tantas vainas, terminar rodeadxs de esta cantidad absurda de formas de crear fue casi una demostración práctica de todo lo que habíamos estado aprendiendo.
Y pensé en el afecto como una forma de cuidar los vínculos que se producen alrededor de la cultura, como generar encuentros y poner en relación mundos que quizás no se habrían encontrado de otra manera.
Nos juntamos un montón de personas que probablemente no nos habríamos encontrado por cuenta propia y, de repente, ahí estábamos: escuchándonos, preguntándonos cosas, compartiendo proyectos, pensando posibilidades y descubriendo que había más gente haciendo cosas que nos interpelaban.
Y es que ser tantxs y venir de orígenes tan distintos termina abriendo más caminos. Terminamos con el corazón lleno y con la posibilidad de luego ir por un tinto o una pola, seguir hablando y, quién sabe, encontrarnos más adelante para intentar internacionalizarnos juntxs, porque romper las fronteras a veces es mucho más sencillo de lo que parece. A veces empieza simplemente por salir a conocer al otrx y preguntar: ¿y tú qué haces? ¿Qué te mueve? ¿Qué onda la vida? Y de ahí puede salir cualquier cosa.
Quizás por eso me da un poco de tristeza que esto se acabe. Entré al microcurso pensando que necesitaba aprender a gestionar mejor Malvaloka, pero terminé entendiendo que también necesitaba encontrar a otras personas, ajenas a estas 5 cabezas, con quienes pensarnos desde otras perspectivas.
Gracias a IDARTES, a Corporación Comunicar y a ROFE por sostener este microcurso y por confiar en que la gestión cultural también se aprende en comunidad: a punta de dosis de realidad, preguntas incómodas y puentes entre un montón de sujetxs que, hasta hace poco, no sabíamos que existían.
Todavía faltan algunas cosas más para que Malvaloka pueda darnos de comer, pero ahora sabemos un poco mejor qué necesitamos construir para lograrlo.
