Entramos a la sala y lo primero que vimos fueron dos pantallas verticales, como celulares gigantes. TikToks pasando uno tras otro. Luces amarillas, blancas, moradas. Estímulos que no descansan.
Y una propaganda insistente: una pastilla llamada KillPill. Desde ahí supimos que no iba a ser una noche cómoda.

La obra empieza casi como algo cotidiano. Tres personas que podrían ser cualquiera de nosotros. Sonriendo. Exagerando. Transmitiendo en vivo esa felicidad que hoy parece obligatoria. Esa versión que funciona mejor frente a una cámara que frente al espejo.
Hasta que algo empieza a romperse.
No voy a contarles exactamente cómo. Pero hay un momento en que la luz deja de iluminar y empieza a controlar. Los cuerpos ya no se mueven por decisión propia. Funcionan. Responden. Cumplen.
Y en medio de todo aparecen las pregunta más simples y más difíciles a la vez:
¿Eres feliz?
¿Te sientes solo?
Lo que más nos impactó no fueron las luces ni los gritos ni la energía desbordada. Fue reconocer algo. Esa exigencia constante de ser fuertes, autosuficientes, impecables. Esa idea de que siempre hay que poder con todo. Que fallar no es opción. Que mostrar grietas es debilidad.
Hay una escena, que, sin darles detalles, la presión expresada se vuelve casi física. Y uno empieza a sentir calor en la silla. Ansiedad. Incomodidad. Miramos alrededor al público y entendimos que no éramos los únicos sintiéndolo.
Y ahí comprendimos que Casasola no quiere que observes. Quiere que te veas a ti y a tu alrededor.
El mensaje final no es teatral. Es real. Y es duro. Las cifras que aparecen no son ficción.
Salimos sin una conclusión cerrada. Es la primera vez que escribo sobre una obra de teatro así. Pero sí sabemos que algo se quedó con nosotros.
Quizá eso es lo que más nos movió: no la historia en sí, sino la pregunta que dejó flotando: ¿Estamos viviendo… o solo estamos funcionando?
Casasola está en temporada de jueves a sábado a las 8:00 p.m. en el Teatro Casa E Borrero, en Bogotá.
Si decides ir, no vayas esperando entretenimiento ligero… ve dispuesto a mirarte un poco más de lo que normalmente te permites.
