Por: Nana López
Vi a Don Tetto por primera vez en 2016 durante el Reacción Tour en Parque Mundo Aventura, pero mi historia con ellos empezó mucho antes. En una época donde “Fallido intento” sonaba en mp3 y frases como “dime qué sientes cuando estás cerca de mí, soy invisible es tan fácil de decir” parecían describir perfectamente esa necesidad adolescente (a veces todavía vigente) de ser visto por alguien.
Después vinieron los días de escuchar “Miénteme, prométeme” de principio a fin, de tener “Mi error” en repetición camino a la universidad y de aprenderse canciones enteras como si hacerlo pudiera ayudar a sobrevivir ciertas etapas de la vida un poco mejor.
Y aunque suene cliché, no hay que negar lo evidente: Don Tetto es el soundtrack de una escena que sobrevivió a los cambios de gustos, a las nuevas plataformas y a la necesidad constante de consumir algo nuevo cada semana. Una escena que empezó en bares pequeños, entre amigos armando bandas, tocando en encuentros locales y gente coreando “El toque” antes de cualquier evento, y que ahora llenó por segunda vez el Movistar Arena.
Tal vez por eso, incluso cuando les perdí el rastro (no porque dejaran de ser buenos, sino porque crecer también significa explorar otras músicas, otros mundos y otras versiones de uno mismo), había canciones que siempre terminaban regresando.
Por eso debo admitir que recibir la invitación para Histórico 2.0, diez años después, se sintió extraño. Tenía miedo de que ese recuerdo hubiera cambiado demasiado y que el vínculo ya no estuviera ahí. Pero bastó entrar al Movistar Arena para aceptar que lo verdaderamente impresionante no era recordar la letra de todas esas canciones, sino todo lo que me sigue interpelando alrededor de ellas.

Era mi primera vez escuchando “¿Dónde estarás?” en vivo y ahí el vértigo emocional ya era latente. El show pirotécnico apenas comenzaba, pero ya era el aviso de que esa noche iba a ser excesiva, ruidosa y caótica. Sin embargo, bastó escuchar el primer golpe de “Auto Rojo” para decidir perder la voz.
La adrenalina se apoderó del lugar casi de inmediato y, por un momento, miles de personas saltamos y cantamos “yo estaré bien, siempre que el sol salga cada mañana día a día en mi ventana” como si fuera la última vez, la única oportunidad de sentir y sentir demasiado. Ahí el Movistar Arena dejó de sentirse como un venue para convertirse en una descarga de energía colectiva, y es que lo mejor de un concierto de esta magnitud es la intensidad con la que muchos seguimos habitando sus canciones.
Escuchar “No quiero nada que no seas tú” en vivo se sintió refrescante, casi luminoso. Fue una hermosa sorpresa porque llevaba menos de un día de lanzada y aun así todo el mundo parecía sentirla en el alma. Y ni hablar de “Solo tú y yo” en versión filarmónica, que transformó el ambiente en algo mucho más íntimo.
Cuando empezó “Adiós”, recordé inmediatamente a una persona muy importante para mí que justamente al día siguiente estaría cumpliendo años, y fue inevitable no perder un par de lágrimas. Para ese punto no quería documentar nada; quería vivir cada una de las canciones porque había algo ahí todavía vigente, algo que ya no solo les pertenecía a ellos, sino también al archivo emocional de mi propia vida. Algo profundamente personal, pero al mismo tiempo colectivo.
Hay canciones que terminan guardando personas dentro, como “Duele no tenerte” o “Sigamos caminando”, que tocaron junto a Daniela Darcourt, donde fue imposible no revivir versiones enteras de quién fui, de quienes amé y de momentos que creía enterrados.
Porque si hay algo que siempre he sabido es que existen canciones que, a pesar de los años, uno sigue escuchando exactamente con el mismo sentimiento. Y aunque pase mucho tiempo sin oírlas, cuando regresan frente a miles de personas descubres que todavía viven exactamente en el mismo lugar del cuerpo. Sobreviven porque siguen encontrando dónde quedarse.
Debo admitir que la versión de “Me odia, me ama” me voló la cabeza. Ver a la pareja bailando joropo en medio de un tema normalmente ambientado con mariachi hizo que todo se sintiera mucho más cercano, más propio. Como si por un momento el Histórico 2.0 también hubiera sido una celebración de todo lo que nació aquí y logró permanecer vivo.
Y entonces llegó el cierre: “No digas lo siento”, “Mi error”, “Miénteme, prométeme” y “Lágrimas”. El punto donde, después de atravesar euforia, nostalgia, vulnerabilidad y deseo, lo único que quedaba era dejarse llevar por completo.

Salí con la certeza de haber estado dentro de algo irrepetible (aunque ojalá exista un Histórico 3.0). Miles de personas sintiéndolo todo al mismo tiempo, como si durante un par de horas ese lugar hubiera confirmado que todavía existen canciones capaces de quedarse viviendo dentro de uno.
Llevaba meses sin disfrutar un concierto de esa manera. Y aunque esta vez estuve sola, creo que también era la primera vez en mucho tiempo que me permitía simplemente estar ahí: gritar, cantar y perderme por completo en el momento.
Lo que había planeado como cuarenta y cinco historias de Instagram terminó convirtiéndose en una catarsis que no sabía cuánto necesitaba. Tal vez porque a veces la felicidad sí se parece a miles de personas coreando la misma canción.
Gracias por la invitación a @protonmagazin, @dontetto, @sonoraent y @soundtripoficial.
