Por: @Angepaderi
Eran aproximadamente las 5:30 de la tarde. Caía el sol sobre la plazoleta de eventos del parque Simón Bolívar. Me senté a descansar en uno de los escalones de las graderías mientras DJ Karl ponía «la seleckta» de su música en Hip Hop al Parque 2026.
Miraba hacia el frente cuando una ovación me hizo voltear. A menos de dos metros de mí, varios bailarines de breaking se movían al ritmo de la música. La gente estaba sentada en círculo alrededor de ellos; otros, de pie, esperaban su turno para entrar. Yo estaba atrapada observando la agilidad de sus movimientos: después de un giro, caían al piso, hacían alguna pirueta y conseguían levantarse sin apoyarse en los brazos. Por momentos, el público permanecía en silencio, atento a lo que sucedía en el círculo. De repente, irrumpían los sonidos de admiración: «¡Ohhh!», «¡Ishhh!», «¡Buenaaaa!». Eran voces que animaban a quien bailaba, mientras DJ Karl continuaba su presentación en el escenario.
A un costado, las obras de graffiti ofrecían otra perspectiva del festival. De cerca se podían apreciar sus detalles; desde donde estaba sentada, podía verlas completas. Saqué mi cámara y me detuve a tomar fotografías y grabar durante un buen rato. Mientras revisaba la programación, recordé algunas de las presentaciones anteriores: Chelo Hop, con su gesto de patear la bandera de Israel y su grito de protesta, en un momento que, pensé, daría mucho de qué hablar; e Hispana, quien ofreció un espectáculo de fuerte presencia visual, una estética cruda y un dominio escénico que reafirmó su lugar como representante del rap latinoamericano.
Lo que había comenzado como una pausa para descansar se convirtió en una escena que me permitió observar cómo los cuatro elementos principales del hip hop —MCing, DJing, breaking y graffiti— encontraban lugar en un mismo festival.

Al reconocer las obras a lo lejos, recordé que antes me había acercado a observarlas. Quería descubrir sus detalles para después comprobar si lograba reconocerlas desde las graderías. Los artistas pintaban desde lo alto mientras la gente pasaba por debajo. Algunos levantaban la mirada e intentaban descifrar lo que estaban creando; otros seguían su camino sin detenerse. Pintar y observar parecían formar parte natural de la experiencia de estar allí.
Esa mirada desde las graderías me llevó de nuevo al comienzo del recorrido. Antes de detenerme a observar el festival desde allí, había caminado por sus distintos espacios, descubriendo que Hip Hop al Parque también se vivía lejos del escenario principal.
Después de la presentación de Chelo Hop, que cerró con «Afroditas», nos fuimos a recorrer los diferentes espacios. Pasamos por el escenario de las batallas de freestyle y por los llamados «muros de tags», donde un tumulto de personas llamó mi atención. La curiosidad me llevó hasta allí y me encontré con Zebra, una figura representativa de la cultura hip hop, reconocida por su participación en la icónica agrupación La Etnnia.
El recorrido continuó entre emprendimientos. Gorras, zapatillas, pantalones anchos, camisetas oversize, gorros, pañoletas y stickers componían una muestra de la estética y el trabajo independiente que también hacen parte de esta cultura. Los puestos ofrecían productos, pero también eran espacios para conocer propuestas, intercambiar palabras y llevarse un recuerdo de quienes construyen la escena.
De regreso a la zona del escenario principal, la música seguía convocando al público. Llegó la presentación de Lianna, junto a Mary Hellen y Selene Rap. Las voces de las artistas se mezclaban con los coros de los asistentes, que cantaban y bailaban con las manos en alto. La música encontraba respuesta en cada rincón de la plazoleta.

La jornada continuó con La Dupla y Eddy Mugre. Durante su presentación ocurrió una de esas escenas que difícilmente pasan inadvertidas: algunos asistentes del público, vinculados a la cultura del graffiti, encendieron sus aerosoles y lanzaron llamaradas al aire como forma de ovación. Mientras tanto, la música seguía sonando y los asistentes respondían con sus voces y movimientos. Era otra manera de celebrar, desde un lenguaje distinto al de las palabras.
Más adelante llegó Red Code, «el demonio negro, encantador de serpientes», como se denomina en una de sus canciones. Su rap de la loma logró que el público se sumara a una sola voz. Las letras se convirtieron en un coro colectivo y la respuesta de los asistentes dejó ver el respaldo que tiene el artista entre quienes siguen su propuesta.
Después llegó Zeta Zeta (Zof Zero), con uno de los momentos más emotivos de la jornada: el homenaje a Santi, conocido como Métricas Frías. Los asistentes respondieron encendiendo las luces de sus celulares, que se levantaron entre el público para acompañar el tributo. Por unos instantes, la energía de la fiesta dio paso a una imagen colectiva de memoria y reconocimiento.
Por momentos, las expresiones parecían responderse entre sí. La voz y las rimas tenían su lugar en el escenario; el cuerpo se expresaba a través del baile, y quienes practicaban el graffiti sumaban su propio lenguaje visual a la celebración. Cada expresión tenía una manera de hacerse escuchar y todas coincidían en un mismo espacio.
Nadie necesita conocer a quien tiene al lado para compartir la música. Mientras unos corean las canciones y bailan con las manos en alto, otros celebran desde el lenguaje de sus aerosoles. El festival reúne a personas con distintas historias, edades y formas de vivir el hip hop, pero que encuentran en ese espacio algo en común.

El cierre de la jornada estuvo a cargo de Ali A.K.A. Mind, una de las figuras más simbólicas del rap bogotano en la actualidad. Su presentación no terminó únicamente entre música y aplausos. La arenga «¡Abelardo gonorrea, el pueblo no copea!» fue coreada por los asistentes, convirtiendo la voz del artista en una expresión colectiva de crítica al Gobierno actual.
Entre rimas y voces al unísono, la jornada llegó a su fin. Antes de despedirse, Ali expresó una aspiración que sonó a declaración de confianza en su trayectoria y en el respaldo de su público: «Creo que ya estamos para un Movistar Arena». No era el anuncio de un concierto confirmado, sino la convicción de un artista que reconoce el camino recorrido y proyecta su música hacia escenarios de mayor dimensión.
Así terminó el primer día: con la música como punto de encuentro, la crítica como parte del mensaje y un público que no solo escuchaba, sino que también respondía con su propia voz.
Hip Hop al Parque es mucho más que una sucesión de presentaciones. Es un espacio donde distintas identidades, expresiones y generaciones convergen; donde el cuerpo, la palabra, el sonido y la imagen encuentran sus propios lenguajes. Quizá por eso, entre tantas formas de vestir, bailar, pintar, cantar y expresarse, hay quienes encuentran allí un lugar para sentirse parte de algo.
