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MCR en Bogotá. No fue nostalgia: fue memoria. Este ruido también es adulto.

ProtON Magazin 13 febrero, 2026
Pie de foto: My Chemical Romance en Colombia Foto: @sebasdrumsco

My Chemical Romance en Colombia Foto_ @sebasdrumsco

Volver a ver a Gerard Way en escena no fue un ejercicio de nostalgia, sino un acto de memoria.

Por: @nana_rattlehead

El 10 de febrero volví, sin darme cuenta, a uno de los crushes más intensos de mi adolescencia: Gerard Way. Frontman de My Chemical Romance y el verdadero “qué hombre” cuando tenía 14 años. No era casual que, con el tiempo, los mechudos de pelo largo que cantan como si se les fuera la vida en la voz se convirtieran en el origen de casi todos mis gustos. Algo ahí quedó grabado.

Gerard siempre ha sido más que un cantante: es una forma de existir. Músico, escritor de cómics, performer. Con Long Live the Black Parade logró, en casi dos horas, reunir a toda una generación que en la adolescencia se sintió fuera de lugar. Éramos los frikis, los emos, los de peinados estrafalarios, los de pantalones entubados que apenas dejaban respirar, los que aprendimos temprano lo que significaba no encajar. Los “raros”.

Y aunque para muchos todo eso era solo una moda, en realidad fue una forma de procesar el exceso. El exceso de miedo, de rabia, de soledad, de un futuro incierto. Mientras el país hablaba de guerra, seguridad y supervivencia, en internet empezaban a formarse comunidades que hablaban de tristeza, abandono, amor, identidad. De aquello que no entraba en el discurso oficial. Era querer sentir, en un país que pedía lo contrario. Era reclamar el derecho a la vulnerabilidad en un contexto que la confundía con debilidad.

Con el tiempo entendí que ese grupo de excluidos terminó encontrando en el arte un refugio y un idioma. Que hicimos del gesto creativo una forma de resistencia y asumimos que ser raro implicaba poner el cuerpo. Existir de cierta manera tenía consecuencias. Tal vez por eso el show estaba cargado de símbolos difíciles de olvidar: la rayuela dibujada sobre el contorno de un cuerpo, la violencia explícita, el cuerpo como territorio. Imágenes que no buscan ser bellas, sino quedarse, como se queda un recuerdo incómodo.

Hace 18 años, My Chemical Romance iba a tocar en Bogotá. Era 2008 y el concierto nunca sucedió por cuestiones logísticas, o eso dijeron. Desde entonces, esa ausencia quedó flotando como una promesa rota. Por eso, cuando la fecha se reprogramó del 22 de enero al 10 de febrero de 2026 , el miedo a que volviera a cancelarse fue casi infantil, pero real. Como si algo muy viejo pudiera volver a decepcionarse. Cuando finalmente ocurrió, la espera cobró sentido.

Muchos dicen que Long Live the Black Parade es una continuación del relato que la banda venía construyendo en su gira por Norteamérica. Sin embargo, en Latinoamérica los roles se invierten: el dictador ya no está en escena; ahora es Gerard quien ejecuta, quien sostiene el poder, y el proceso democrático parece haberse extinguido. Todo se vuelve más oscuro, más incómodo, más cercano.

Si en The Black Parade original asistíamos al diálogo entre un paciente con cáncer terminal y el Marchante la figura que lo acompaña hacia el final, hoy la lectura se desplaza. Ya no se trata solo de una enfermedad individual, sino de un cuerpo colectivo que se apaga. Un pueblo cansado, alejándose de lo que ama, atrapado entre la desesperación y la obediencia.

Pie de foto: My Chemical Romance en Colombia Foto: @anothernonsense
Pie de foto: My Chemical Romance en Colombia Foto: @anothernonsense

El espectáculo es tan denso que resulta imposible abarcarlo todo: cámaras de vigilancia, grabaciones, radiografías, gestos exagerados, sonidos guturales. Gerard Way no canta: encarna. A diferencia de la obra original, centrada en la muerte y la memoria, esta versión habla de otra cosa. De la necesidad de seguir siendo humano cuando todo alrededor empuja hacia lo contrario. De la voluntad a veces mínima, a veces feroz de seguir vivo.

Quizás por eso, mientras lo veía en escena, no estaba mirando solo a Gerard Way (que igual se llevó más de uno de mis suspiros). Estaba mirando a la chica que fui. A esa adolescente que encontró en una banda un lugar donde no tenía que pedir permiso para sentirse rara, intensa, exagerada. A la que aprendió que el dolor también podía cantarse, dibujarse, gritarse y, sobre todo, volverse arte.

Algo de esa versión mía se acomodó en su lugar sin irse del todo. Aún conservo los taches, el cabello raro y, sobre todo, esa persistente sensación de estar fuera de lugar. Pero agradezco profundamente haber sido esa chica: haber abrazado la extravagancia y la rareza, porque me llevaron a lugares que nunca imaginé, me permitieron construir una carrera que nunca creí posible y, sobre todo, me enseñaron a creer una y otra vez que la música puede salvarnos.

Ver Long Live the Black Parade fue, en el fondo, una resignificación amable. No de Gerard, ni de My Chemical Romance, sino de esa adolescencia vivida a flor de piel: una etapa que dolía, de la que muchas veces creí no salir viva y que necesitó símbolos para no desaparecer. Hoy sigo acá. Más adulta, un poco distinta, pero todavía capaz de reconocerme y reconocerme bien en ese ruido.

Este concierto no fue para mi yo adolescente. Fue para mi yo adulta, que lo vivió como si fuera su escena final: serena, consciente, aceptando el cierre sin miedo. Y quizá eso sea crecer: reconocernos en lo que fuimos y aceptar que, aunque todo tenga un final, lo importante es llegar a él sin arrepentimientos.

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