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ProtON Magazin 1 julio, 2026
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Por: La Escriba de Otros Mundos | Daniela Suárez Jiménez

Parece una manía pero dibujas en los márgenes, porque el centro ya estaba ocupado con números, fórmulas, definiciones, categorías… De lejos escuchas por primera vez: Te quedó bonito, pero no es útil,  ni siquiera recuerdas quién lo dijo, son esas palabras que calan sin autoría. Pasaba el tiempo y la manía se volvió hoja, pliego, lienzo, pared. En retrospectiva tal vez esta margen, advertía la posición límite donde habitas la vida cuando decides ser artista, la expresión infinita de explorar el mundo atravesando las fronteras.

El primer impulso creativo nace antes que exista el concepto de  arte: es más  obsesión, condición de extrañeza, fenómeno natural, algo parecido a la urgencia física, como rascarse cuando pica. Nos atraviesa como  la necesidad de expresar algo que existe dentro para que el resto del mundo pueda respirar afuera.

Lo que surge en ese momento es algo  primitivo, salvaje, crear, porque cargar la sensación  se vuelve demasiado pesada, y la única forma de aligerar es darle forma: dibujo, sonido, poema, movimiento.

Inevitable, nuestro entorno  puede encender o apagar la chispa. El sistema educativo, las instituciones, la cultura  y la sociedad, nos uniforman para ser parte funcional y apagar el exceso de sensibilidad.  Y claro hay niñxs que tuvieron alguien o algo que les incentivará a soñar — maestrxs, familiares, una biblioteca pública, clases, amistades, revistas, un televisor con películas raras— un susurro de vida, diciendo explícita o silenciosamente, que lo que percibían valía la pena, animandoles. Ese reconocimiento temprano puede crear el impulso,  dar oxígeno,  para que el arte siga con vida. Por otro lado y con desgracia la más común de las narrativas, niñxs que no tuvieron a nadie. Que escucharon desde pequeñxs que dibujar es perder tiempo, que cantar no da de comer, que inventar poemas es mentir.

Etimológicamente, proyecto es un lanzamiento hacia delante,  está palabra empieza a resonar como realidad, mientras que tú cerebro experimenta una profunda reestructuración que transformará para siempre tu pensar, sentir, habitar — La famosa adolescencia —  en simultáneo, la sociedad nos arroja hacia el futuro para decidir la vida. Se presenta de frente la llamada expectativa, dejas la infancia y en un acto de honestidad emocional decides al arte como camino.

La posibilidad de “seguir la vocación” no está distribuida de forma equitativa, en ninguna carrera. Entregándonos a la utopía en un mundo capitalista, decidir la vida artística debería estar acompañada con: una familia apoyando y sosteniendo, estudios pagados, una red de contactos heredada,  un país con educación pública, accesible y gratuita, la posibilidad de explorar y vivir la carrera sin pensar en los materiales o tiempos necesarios, poder elegir por la pasión de crear. Pero en verdad, la mayoría de casos enfrentan el dilema de no poder acceder a una universidad, porque tuviste menor calidad académica o en el caso de que entres, sostener el proceso y la vida en simultáneo implicara regalar tu alma a un trabajo cualquiera, para sostenerte a ti y en muchos ocasiones a tu familia, tener que migrar si no vives en una capital, o adquirir una deuda exorbitante para una institución privada, sin contar con los gastos ocultos del día a día. Hay que atreverse a vivir del arte,  como si el privilegio fuera valentía. 

Es el momento de buscar vivir de esto, te compran y te venden ¿cuál es tu valor agregado? ¿qué hace tu obra única e irrepetible?. Comprimes tu mercancía en una hoja, recuerda: 

Cuando esté lista, lanzas miles de copias en botellas al mar de la oferta y la demanda, no sabes si alguien las leerá, pero hay que esperar a que te compren la narrativa, mientras tanto pides a las musas de la suerte mirando de cerca las cuentas, no tener un trabajo ajeno a tu carrera.

Ocho horas de trabajo asalariado: residuo de cansancio, obligación cumplida,  yo-ya-hice-lo-que-tenía-que-hacer, no olvides, lo más importante siempre será la productividad. Y ahora ¿cómo se sacude el enajenamiento para sentarte a crear?  

Te mira de reojo un tiempo poroso, sin destino, hoja en blanco titilante donde la mente divaga entre un afán infértil y la colonización de encajar, dejando las ganas de crear.

Aceptas el trabajo estable, las voces de tu cabeza te dicen que estás traicionando tu vocación, o rechazas la estabilidad  y te sientes irresponsable, egoísta e impostando la vida. El sistema está diseñado para que cualquier elección se perciba como una pérdida, porque así mantiene arte y artista en un estado de duda permanente hasta que se debilita.

¿Deja de ser vocación el trabajo artístico industrializado? y se convierte en ¿cuánta seguridad necesitas para poder crear, y cuánto vas a  ceder para conseguirla? Esos umbrales personales son  distintos para cada quien, cambian con la edad,  las responsabilidades, lo que la vida va trayendo en su devenir.

La soledad no es solo emocional, es estructural; la condición ideal para que el mercado dicte los términos que le funcionan para controlar nuestras vidas. Sin darnos cuenta entramos en un aislamiento artístico que te vulnera de maneras muy concretas: no sabes cuánto cobrar, no tienes con quién comparar condiciones, no conoces tus derechos. Ser parte de una comunidad artística es, antes que nada, información.

Trueques de habilidades,  espacios compartidos,  exposiciones autogestionadas,  publicaciones independientes, redes de apoyo. Ninguna de estas cosas es eficiente en términos capitalistas y por eso funcionan. Están diseñadas para sostener la creación, no para maximizar el beneficio. El capitalismo no sabe qué hacer con una economía que deliberadamente renuncia a la ganancia.

Por supuesto, es posible, pensarnos como artistas dentro de una comunidad que realmente nos sostiene, abre la posibilidad de un lugar donde no tienes que ser de una sola manera, puedes fallar, ser rarx, expresarte a plenitud, soñar sin barreras… Si no la has encontrado, inventala tú. No se necesita dinero, sino compromisos mutuos, compasión, cuidado y empatía.

El capitalismo puede comprar una obra, un nombre, una galería entera. Lo que no puede comprar es la lealtad genuina entre personas que creen y crean con el corazón al aire. Eso es lo que hace a la comunidad, tierra fértil para sembrar tu obra.

Un poema no se vuelve el doble de bueno porque lo escribieron en la mitad del tiempo, una pintura no mejora por tener más metros cuadrados. El capitalismo sabe muy bien qué hacer con la cantidad, pero no conoce la profundidad.

La sociedad en la que vivimos recompensa lo que tiene una demanda predecible, aquello que se puede copiar, cuantificar y que termina siendo lucrativo. Es allí dondé las cualidades de muchas disciplinas artísticas, no encajan, no se pueden calcular (aunque muchas se han tenido que adaptar).

Entonces, es un problema sistemático negar la vida digna para artistas por indiferencia estructural; las categorías con las que se distribuye el bienestar simplemente no tienen una casilla donde quepa alguien que materializa el alma, para habitar esta realidad.

El mercado del arte existe, pero beneficia a muy pocos. Hay una trampa elegante que le pone nombre poético a la injusticia para que sea más difícil nombrarla como lo que es: Un mito que el capitalismo encuentra muy conveniente, al romantizar la explotación.

El capitalismo no contabiliza el tiempo mirando por la ventana para pensar tu obra, las caminatas que necesitas para decantar una idea, la maduración de algo que  todavía no sabes qué forma va a tomar. Ese tiempo se cataloga  como ocio, improductividad. Pero es exactamente donde ocurre la creación. Un sistema que solo reconoce el trabajo cuando produce algo tangible y vendible no puede entender — y por lo tanto no puede remunerar — la mayor parte de lo que hacemos como artistas.

En este punto después de quejarnos y desmenuzar superficialmente las infinitas opresiones del capitalismo, no podemos negar que es la sangre de la realidad que habitamos, encuentras sus causas y consecuencias hasta  en lo más íntimo y recóndito de la sociedad. Pero, podemos engañarlo, crear como acto de resistencia, revolucionar el mundo desde las márgenes:

  1. Amarás y priorizaras tu autenticidad artística sobre todas las cosas: Evita crear pensando únicamente en lo que vende. El arte genuino resiste la homogeneización del mercado.
  2. No tomarás tu arte en vano: Para seguir creando, necesitas sobrevivir materialmente. Evita depender de una sola fuente, explora alternativas, acepta la impermanencia y planifica.
  3. Santificarás el acto creativo: Como una herramienta de cuestionamiento social y crecimiento personal.
  4. Honrarás tus progresos: Haz una lista de tus exposiciones, procesos, creaciones. Esto ancla tu talento en hechos reales y no en emociones.
  5. No matarás tu latido: Ante la hostilidad del mundo no dejes nunca de crear, obsesionarte, el arte es un milagro que merece vivir.
  6. No cometerás actos impuros al organízate con otrxs artistas: La alienación capitalista aísla a lxs creadores e impulsa la hipercompetitividad, nadie se salva solx.
  7. No robarás la crítica activa: Exalta el arte como una herramienta política para las sociedades.
  8. No darás falso testimonio al comparar tu arte: Los ritmos y procesos son relativos, la diferencia nos une.
  9. No tendrás pensamientos destructivos, ni deseos impuros ante la parálisis creativa: Nutre tu curiosidad para cuando llegue el vértigo del vacío.
  10.  No tengas miedo de mostrar tu fulgor

Lo sagrado de este día, viene de la invitación a reflexionar, pausando el desenfrenado ritmo y entregándonos en una concesión colectiva a la calma, la contemplación. En este punto ya no necesitas  convencerte que tienes derecho a ser artista, sabes que es tu misión y legado.

Crear es una responsabilidad, un super poder que tienes para habitar el mundo con conciencia buscando estimular el pensamiento crítico, visibilizar problemáticas, promover la inclusión, fomentar la curiosidad como un derecho y disminuir las brechas que nos dividen. Va más allá de la estética para convertirse en un agente de cambio catalizador para un desarrollo humano y cultural más equitativo. Ser artistas nos da la posibilidad de crear máquinas del tiempo para preservar identidades, transmite emociones entre las generaciones más allá de los datos históricos, fomenta la reflexión social, permite reconstruir y conectar.

El capitalismo no tiene memoria: selecciona y manipula la sociedad en conveniencia del poder. La resistencia sin archivo desaparece, porque el olvido también es una función del mercado. 

Consagrar y exaltar nuestra obra, es un vehículo de sanación y transformación social, frente a narrativas oficiales que segregan e intentan alinear con verdades absolutas, la magia que se crea en nuestras cabezas desafía el espacio tiempo  y reivindica la posibilidad de existir. Esta realidad no es solo material y si la intuición nos ha dado el don del arte, disfrutemos esta  dimensión que busca conectar lo terrenal con lo trascendente, sirviendo como puente hacia lo divino.

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