Por: Nana Lopez
Pocas bandas hacen parte del soundtrack de mi vida, pero esta no es una de esas pocas: es una constante. No sé exactamente cuándo empezó, si siempre estuvo ahí creciendo conmigo o peor, si yo crecí alrededor de ella. No por nada mi nickname de Instagram es nana-rattlehead, en honor a Vic Rattlehead: un esqueleto con los ojos vendados, los oídos tapados y la boca encadenada. Una forma de reconocerme en algo que nunca cambió, incluso cuando todo lo demás sí. Supongo que por eso terminé llamándola, sin querer, la banda de mis grandes amores.
El 26 de abril en el Movistar Arena debería ser el centro de esta historia, pero no lo es porque lo importante en ocasiones no es el momento en el que algo pasa, sino todo lo que tuvo que pasar para llegar a eso.
Megadeth representa tres puntos de anclaje de mi vida. El primero tiene nombre propio: mi mejor amigo de toda la vida, un gran fan de Metallica (ironía suficiente). Fue él quien sin saberlo, terminó cerrando un círculo que llevaba años abierto al darme finalmente la oportunidad de ver a Dave Mustaine en Bogotá.
Recuerdo con cierta amargura las veces que vinieron a la ciudad antes de que yo me fuera del país: noviembre de 2011, con el TH1RT3EN World Tour, marcando su regreso a Colombia tras 11 años de ausencia; septiembre de 2012, cuando tocaron completo Countdown to Extinction por su aniversario número 20; octubre de 2013, como invitados especiales de Black Sabbath; y mayo de 2014, celebrando los 20 años de Youthanasia.
Ser fan sin haber visto a una banda en vivo es una especie de fe rara, como creer en algo que siempre le pasó a alguien más. Y aunque no tengo la memoria exacta del por qué nunca asistí, sí aprendí a reconocerlos a través de los otros y sus relatos prestados en donde aprendí cómo sonaban en concierto. Hay una cuestión que solo entendí ese domingo: Ride the Lightning, básicamente existe porque Mustaine fue expulsado de Metallica antes de que pudieran grabarla. La escribió él, se la quedaron ellos, y décadas después la tocó en Bogotá por primera vez. Mi mejor amigo, el fan de Metallica que me dio la entrada, no estaba ahí para verlo. Creo que el universo tiene un sentido del humor muy particular.
Mi primera vez viendo a Mustaine fue el 4 de noviembre de 2017, en Tecnópolis, en Buenos Aires, durante la gira Dystopia, en medio del Monsters of Rock.
Mi segundo anclaje: migrar. Nadie te explica que migrar no es solo moverse: es desarmarse en silencio y uno se vuelve más vulnerable a todo lo que entra. Fui esa persona que convirtió À Tout le Monde en un himno de vida y se la lloró entera en un territorio que todavía no sentía mío; la que se estremeció con el intro de Prince of Darkness (tema que ojalá algún día Mustaine vuelva a cantar en vivo antes de retirarse); la que saltó con Wake Up Dead, Take No Prisoners y Tornado of Souls, para terminar haciendo amigos fugaces, de esos que solo existen en ese instante, mientras salíamos del recital todavía atravesados por lo que dejó Holy Wars… The Punishment Due.
Debo admitir que de este concierto en particular casi no me acuerdo, no lo puedo reconstruir del todo. No sé si fue demasiado o si fui yo. A veces siento que fue una alucinación colectiva: la emoción, la adrenalina de ver a mi banda favorita en otro país, la conexión casi mística con la energía argentina y el haber coreado todas las canciones con personas que nunca volví a ver. Lo único que me queda es una boleta y un video borroso que apenas muestra el inicio del show.
El Movistar Arena tenía algo esa noche que esperaba con ansias: el Megadeth Colombian Fan Club había preparado fan actions para varios temas, entre ellos Peace Sells y Symphony of Destruction, y verlos coordinarse en medio de ese caos resultaba raro y al mismo tiempo poético. En un punto, alguien prendió una bengala prohibida y nadie intervino. La atención estaba en el mosh, en esa luz abriéndose paso en medio del movimiento, mientras un láser la señalaba como si se tratara de una cacería improvisada.

Fui con mi tía —era nuestra primera vez en un concierto juntas—, pero incluso ahí, acompañada, apareció una forma muy específica de soledad: mi mejor amigo no estaba, y el hombre que amé hace más de 10 años sí.
Ese es el tercer anclaje. Un viejo amor. Un guitarrista al que le dediqué la misma canción no dos, sino tres veces. Éramos jóvenes, impacientes, obstinados, posesivos. Y, sobre todo, fanáticos de Megadeth. Él ya había visto a Dave Mustaine en vivo, no recuerdo cuándo pero con el tiempo eso dejó de importar.
Lo que todavía no logro entender es otra cosa: ¿cuál es la probabilidad de que, entre catorce mil personas, el universo te deje a menos de cinco pasos de alguien que amaste y te rompió el corazón? Ese domingo 26, el concierto terminó dándome algo que no estaba buscando: la dicha (o la desdicha) de volver a verlo después de tantos años. Y ahí estaba yo, casi sin pensarlo, repitiendo el gesto y dedicándole por tercera vez In My Darkest Hour. La pregunta llegó después: si en mi hora más oscura no estuviste, si intenté alcanzarte y no me tendiste la mano, ¿por qué me quedó ese dolor tan raro metido en el pecho?
Cuando la tocaron, la canté hasta quedarme sin voz. Fue el cuerpo resolviendo algo que la cabeza todavía no termina de entender. La había cantado antes en Buenos Aires, en 2017, sin tener claro por qué me dolía; esta vez, en Bogotá, si lo sabía. Y saberlo no hizo las cosas más fáciles. También tocaron I Don’t Care , del último álbum, y me sorprendió cuánto me atravesó sin previo aviso. Supongo que no solo las heridas viejas saben cómo entrar.
Salí con el cuerpo agotado de tanto saltar y gritar, todavía sin poder decidir si eso se llama pasarla bien. Lo que sí sé es que fue una forma de catarsis. Y que, en medio de todo, Megadeth volvió a estar ahí, como siempre, sin exigirme respuestas.

