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PLANO CERRADO

ProtON Magazin 18 septiembre, 2026
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Crónica de cómo la mirada ajena transforma la experiencia propia.

POR LA AFINADORA DE PRESENCIAS  –  Luz Angela Rodríguez Ribero

Corría el año 2007, el año de las ¡primiparadas! Dejaba atrás mi época colegial para zambullirme, sin salvavidas, en el mundo adulto:  horarios de clase descabellados, entregas hasta la madrugada, domingos de estudio de piano en la universidad con celadora fantasma invitada, primeros amores, viajes sola con amigos, grandes cagadas, y hallazgos inesperados, pero sobre todo, aquel fue el año de mis primeros y pavorosos descubrimientos sobre lo que significaba construir una vida como artista.

Aún no había estallado el boom de las redes sociales en Bucaramanga, cuya escena artística se promulgaba por medio de volantes, afiches, o por el teléfono roto de los minuteros que hacía circular de boca en boca la actualidad de la ciudad. Para mí, una tímida adolescente de 17 años, participar de la escena local era una mezcla de vértigo y vacío en el estómago, pero también de una enorme satisfacción. Sentía que podía separarme de mí misma y observar a aquella chica, todavía diamante en bruto, pulir poco a poco sus conocimientos y habilidades para transformarse en lo que de niña una vez soñó: ser una artista.

Aunque los temores siempre estaban presentes, también estaba la compañía: la colaboración y camaradería, esa sensación de crear algo junto a otros. De esta manera los nervios se controlaban, el sudor se secaba, y justo antes de salir a escena, como cuando te vas a lanzar de una montaña rusa, las frases colectivas de “¡mierda, mierda, mierda!” o “¡brutos, pero decididos!” daban el último empujón para seguir adelante. Sin embargo, las primiparadas llegaron para enseñarme cosas de mí misma…..

Un día vi una puerta, me acerqué, era un afiche pegado a la pared con el anuncio de una audición para un corto que se realizaría en la universidad, y con templanza de artesana pulidora de carbón, me mandé al ruedo y me inscribí. El día llegó. Salí de clase de música y bajé las escaleras; seguí bajando hacia la oscuridad absoluta de lo desconocido y al final, encontré otra puerta, esta era real, la custodiaba un chico lánguido y sin expresiones que sin importarle quien era, ni a qué iba me dejó pasar hacia el hallazgo de lo irreal… Pasé la puerta: silencio. Pasé la puerta: oscuridad. Pasé la puerta: mi corazón se empezó a acelerar. Entré a un espacio desconocido contenedor de otro mundo, a una especie de caja negra de Pandora que estaba a punto de alborotar mis sparkies y revelar uno de mis más grandes miedos.

Después de lo que se sintió como una eternidad alguien me dijo: “Hola” … No sé qué respondí. De repente, estaba sola en la mitad de aquella caja negra, y una voz extraterrestre me dijo: “eres una niña de 10 años, vienes desplazada a la ciudad, te perdiste en el camino, no encuentras a tu familia y no sabes dónde estás … ¡LUCES, CÁMARA, ACCIÓN!… La caja se empezó a encoger, mientras un ojo gigante de titán se acercaba, develando cada facción de mi cara, cada micromovimiento, cada peca, lunar, hasta la cicatriz más pequeña se volvía una zona rocosa, escarpada, expuesta en plano cerrado ante su mirada. Estaba atrapada, encerrada bajo un microscopio, mi respiración empezó a acelerarse: llegó el vértigo, el vacío en el estómago, la sudoración excesiva. De repente me hice consciente de mi cuerpo porque nada en él me respondía, esta vez ni los mil mantras recitados de “mierda, mierda, mierda”, lograron devolverme el control.

Mientras bajaba el sudor de mi frente como icebergs que caen al océano de la nada, me di cuenta que poner el cuerpo sola era muy diferente; lo único que pude hacer fue intentar que mi cabeza, nido de temblores, explorada minuciosamente por un lente externo, no estallara. No pude correr, no pude decir que no. Me quedé ahí, con espasmos faciales, esperando a que la desgraciada aventura terminara para recoger los pedazos que quedaban de mi devastado ego y largarme. No sé cuánto tiempo pasó, ni lo que dije, ni lo que me dijeron, ni las caras o voces de quienes estuvieron conmigo, y espero con las fuerzas más profundas de mi corazón que ese video se haya autodestruido en 3, 2,1 … apenas vi la luz del medio día.

Lo único que recuerdo de esta experiencia, es como atravesó mi cuerpo. Desde entonces, marcó un antes y un después en mi relación con la mirada ajena y en el descubrimiento de lo que puede provocar en mí: un miedo catastrófico, antártico, fantasioso e irreal. Durante muchos años guardé esta experiencia como un secreto, para mí, esta fue la historia que le pasó a la amiga de la amiga de una amiga, no a mí, porque ¿cómo era posible querer ser artista, y al mismo tiempo, tener miedo de ser vista, de estar bajo la mirada del otro?

Así que respiré y seguí adelante. Sin embargo, aquella experiencia dejó una huella, porque entre las conquistas también hubo mil derrotas: trabajos que dejé pasar, proyectos que procrastiné durante años, oportunidades a las que les dije No; todo para esconderme de ese ojo titánico y milimétrico, que alguna vez me hizo sentir atrapada. Pero quizás los años de intentarlo, de estrellarme y volver a levantarme le han quitado tamaño a ese ojo, ahora lo veo un poco más pequeño, más humano, más gentil. Hoy puedo mirar a aquella adolescente parada sola en la oscuridad, y no quiero rescatarla, quiero acompañarla a abrir el plano, quedarme a su lado mientras aprende a estar sola, a descubrirse y sentirse segura, aún más ahora que el lente titánico se ha multiplicado y forma parte de todo lo que nos rodea.

Quizás ya no se trata de escapar de la mirada, sino de aprender a habitarla sin desaparecer, buscando responder aquella pregunta que nació de la oscuridad: ¿por qué tanto miedo a ser vista?

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